El pesaroso sábado empezaba en frente
del espejo medio cubierto por el vaho húmedo de la ducha caliente.
Unos ojos inexpresivos, amargados,
profundamente melancólicos, exploraban centímetro a centímetro, la
cara que quedaba reflejada en la cristalina superficie. Por el pecho
aún resbalaban gotas de agua que caían de los mechones de pelo
mojado por encima de los hombros.
Agradable era el amanecer que se tenía en brazos de otra persona, pero en este caso hacía ya horas que el
sol estaba encendido y nadie le había dedicado unos buenos días, ni
lo harían.
Otra vez lo mismo.
Terminar de vestirse. Echarse algo de
colonia. Prepararse un almuerzo consistente a base de restos del día
anterior, fumar y salir a la calle camino de sus 8 horas entre
fogones.
Primero un pié, luego otro. Las suelas
de sus gastadas bambas pisaban la acera y el sol ya brillaba
consistentemente. Nico se puso las gafas oscuras.
Sacó las llaves, se colocó el casco y lo
abrochó; en un giro de muñeca empezó a sonar ya la gasolina en
combustión. Un golpe de cadera y la gastada moto comenzó a andar.
Es parte del tráfico. Adelantaba,
frenaba, esquivaba coches y camiones de reparto. Siguio las luces
parpadeantes de los semáforos y controlaba sus lados. En un cruce 3
calles antes de llegar, una ranchera se saltó un ceda y casi lo tira
al suelo al tener que frenar.
En un día cualquiera hubiese puesto a
parir al cerdo cabrón, pero hoy simplemente se resignó a levantar
un dedo “cortésmente” y seguir.
Hoy llegaba más pronto de lo habitual,
pero ya había gente pululando dentro y fuera del local, cosa
bastante rara, porque faltaba aún para la apertura. No le dio
importancia.
Se fumó dos pitillos empalmándolos y
llamó a uno amigo suyo, “jardinero “ de interiores.
-A la tarde me pasaré y tomamos algo,
Sergi.-
-Eso está hecho.-
Click. Fin de la conversación.
Una vez dentro, se cambió como tantas
otras veces y se puso a faenar hábilmente entre cuchillos, sartenes,
fogones y algún atún cantábrico fresco que había que preparar.
La gente fue llegando y los platos se
pedían, se hacían y salían perfectos.
Nico se esforzaba por estar todo lo
lejos del Chef que podía, cosa difícil siendo segundo; las cosas
estaban así.
Ensimismado como estaba, el tiempo se
le pasó rápidamente.
Una vez todo limpio y recogido, era
hora de descansar hasta el turno de cenas.
La tónica era salir a hablar y que
Andrés les felicitase o les echase un poco la bronca (cosa muy
difícil de que ocurriese).
-Chicos, hoy os tengo que dar una
noticia que quizá no os guste. Miquel tendrá que ausentarse
unas semanas por motivos personales- un par de comentarios rápidos
entre los presentes – y por lo tanto, Nico, chaval, tú te quedas
de Chef hasta que el vuelva, y como segundo va a entrar con nosotros
mi pequeña, recién vuelta de París y sus escuelas de cocina.-
Una chica, de unos diecinueve o veinte
años, castaña oscura, ojos almendrados y boca prieta y risueña,
entró, medio avergonzada, con una chaquetilla de cocina arremangada,
y uno tatuajes increíblemente bonitos en los brazos. En uno era una
rosa de borneo y un diseño elaborado, y en otro, unas carpas koi.
-Buenas tardes a todos, me llamo Paula
y bueno, voy a estar por aquí una temporada. Espero que trabajemos
juntos a gusto.-
Su risa era como un poema. Nico estaba
medio embobado.
Todos, menos el se acercaron a
saludarla y darle la bienvenida, y de paso presentarse. El lavaplatos
y el camarero argentino casi se pelearon por llegar a pedirle el móvil.
A la salida, se encendió un cigarro y
se apoyó sobre un coche, cuando por la puerta salió la hija de
Andrés y le pidió un cigarro.
-¿No se enfadará tu padre si te doy
de fumar?-
-Tranquilo- Le guiña un ojo y le
regala otra de esas sonrisas- Será nuestro secreto.
Sacó el paquetillo y le ofreció uno.
-A todo esto, todavía no sé cómo te
llamas.-
-Nicolás, Nico para los que me
conocen.
Ella se acercó y le plantó un beso casi
en la comisura del labio.
-Un placer, Nico. Por cierto, bonitos
ojos.- Le regaló otro guiño.
-Emm… Hago tarde. Un placer Paula.-
-Hasta la noche, Chef.-
-Hasta la noche…-
Se subió a la moto y se fue, con una
sensación rara en el estómago.