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miércoles, 27 de febrero de 2013

Parte I – capítulo tercero


El pesaroso sábado empezaba en frente del espejo medio cubierto por el vaho húmedo de la ducha caliente.

Unos ojos inexpresivos, amargados, profundamente melancólicos, exploraban centímetro a centímetro, la cara que quedaba reflejada en la cristalina superficie. Por el pecho aún resbalaban gotas de agua que caían de los mechones de pelo mojado por encima de los hombros.

Agradable era el amanecer que se tenía en brazos de otra persona, pero en este caso hacía ya horas que el sol estaba encendido y nadie le había dedicado unos buenos días, ni lo harían.

Otra vez lo mismo.

Terminar de vestirse. Echarse algo de colonia. Prepararse un almuerzo consistente a base de restos del día anterior, fumar y salir a la calle camino de sus 8 horas entre fogones.

Primero un pié, luego otro. Las suelas de sus gastadas bambas pisaban la acera y el sol ya brillaba consistentemente. Nico se puso las gafas oscuras.

Sacó las llaves, se colocó el casco y lo abrochó; en un giro de muñeca empezó a sonar ya la gasolina en combustión. Un golpe de cadera y la gastada moto comenzó a andar.

Es parte del tráfico. Adelantaba, frenaba, esquivaba coches y camiones de reparto. Siguio las luces parpadeantes de los semáforos y controlaba sus lados. En un cruce 3 calles antes de llegar, una ranchera se saltó un ceda y casi lo tira al suelo al tener que frenar.

En un día cualquiera hubiese puesto a parir al cerdo cabrón, pero hoy simplemente se resignó a levantar un dedo “cortésmente” y seguir.

Hoy llegaba más pronto de lo habitual, pero ya había gente pululando dentro y fuera del local, cosa bastante rara, porque faltaba aún para la apertura. No le dio importancia.

Se fumó dos pitillos empalmándolos y llamó a uno amigo suyo, “jardinero “ de interiores.
-A la tarde me pasaré y tomamos algo, Sergi.-
-Eso está hecho.-
Click. Fin de la conversación.

Una vez dentro, se cambió como tantas otras veces y se puso a faenar hábilmente entre cuchillos, sartenes, fogones y algún atún cantábrico fresco que había que preparar.

La gente fue llegando y los platos se pedían, se hacían y salían perfectos.

Nico se esforzaba por estar todo lo lejos del Chef que podía, cosa difícil siendo segundo; las cosas estaban así.

Ensimismado como estaba, el tiempo se le pasó rápidamente.

Una vez todo limpio y recogido, era hora de descansar hasta el turno de cenas.

La tónica era salir a hablar y que Andrés les felicitase o les echase un poco la bronca (cosa muy difícil de que ocurriese).

-Chicos, hoy os tengo que dar una noticia que quizá no os guste. Miquel tendrá que ausentarse unas semanas por motivos personales- un par de comentarios rápidos entre los presentes – y por lo tanto, Nico, chaval, tú te quedas de Chef hasta que el vuelva, y como segundo va a entrar con nosotros mi pequeña, recién vuelta de París y sus escuelas de cocina.-

Una chica, de unos diecinueve o veinte años, castaña oscura, ojos almendrados y boca prieta y risueña, entró, medio avergonzada, con una chaquetilla de cocina arremangada, y uno tatuajes increíblemente bonitos en los brazos. En uno era una rosa de borneo y un diseño elaborado, y en otro, unas carpas koi.

-Buenas tardes a todos, me llamo Paula y bueno, voy a estar por aquí una temporada. Espero que trabajemos juntos a gusto.-

Su risa era como un poema. Nico estaba medio embobado.

Todos, menos el se acercaron a saludarla y darle la bienvenida, y de paso presentarse. El lavaplatos y el camarero argentino casi se pelearon por llegar a pedirle el móvil.

A la salida, se encendió un cigarro y se apoyó sobre un coche, cuando por la puerta salió la hija de Andrés y le pidió un cigarro.
-¿No se enfadará tu padre si te doy de fumar?-
-Tranquilo- Le guiña un ojo y le regala otra de esas sonrisas- Será nuestro secreto.

Sacó el paquetillo y le ofreció uno.

-A todo esto, todavía no sé cómo te llamas.-
-Nicolás, Nico para los que me conocen.
Ella se acercó y le plantó un beso casi en la comisura del labio.
-Un placer, Nico. Por cierto, bonitos ojos.- Le regaló otro guiño.
-Emm… Hago tarde. Un placer Paula.-
-Hasta la noche, Chef.-
-Hasta la noche…-

Se subió a la moto y se fue, con una sensación rara en el estómago.