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sábado, 26 de julio de 2014

Parte I – capítulo cuarto

Sonó la puerta del patio y Nico entró en dos zancadas. Abrió la puerta del ascensor y en unos segundos se plantó en el cuarto piso.


-Hola Sergi ¿tienes cerveza?
-Claro, pasa y hablamos.


Fué directo al comedor, y su amigo volvió con un par de cervezas en la mano, y una bolsa de cierre hermético.
-Esta nueva que he conseguido está cojonuda. Entra suave suave, y al final te deja un sabor a limón impresionante. Pero toca a cincuenta, aunque seguro que no te arrepientes.
-Pásame la rubia y ves liando, que necesito volver al restaurante tranquilo.
-¿Y eso?¿Miquel otra vez?
-Que va; además, se va unas semanas por motivos personales.
-¿Ha cogido una gonorrea supercaníval?
Los dos amigos se ríen a carcajadas y brindan.
-Es por una chica nueva. Es hija de Andrés, y creo que se quiere meter en mi cama.
-Ostias, no sé como te lo montas, pero siempre te pasan cosas con las mujeres. O naciste con una estrella o no le compraste romero a una gitana enferma.


Sergi prende con el mechero, inspira largo y tendido, y se lo acerca a Nico.
-Verás que buena.
-Eso espero, me hace falta...


Unas horas después, pide un café doble y sube por la calle hasta la puerta de empleados. El cigarro salta consumido de los dedos de Nico. Mira el movil. Ni llamadas ni mensajes.


Se termina de colocar el delantal y entra directo a las cámaras frigoríficas. El reparto había dejado para unos días unos lomos de merluza que tenían muy buena pinta, algo de marisco y varios peces más. Abre la otra puerta. Buenos cortes de carne, verduras frescas y algúna seta de importación.


Se acerca al escritorio de la cocina y elabora un menú un poco distinto de los de siempre.
-Oído. Hoy vamos a hacer un menú degustación de cuatro platos y un postre. Fede, ves haciendo uno de esos fuméts que tan bien te salen. José, cógete algo de setas y verduritas para plancha. Hoy quitamos crema y ponemos salteado. Yo me ocupo de las carnes. El horno a 200º y los fogones los quiero sin un hueco. Quiero esos cuchillos danzar.
-¡Oído!- respondieron los cocineros, e incluso a Matías, el lavaplatos, casi le da por ponerse a cortar
lo que fuese.


Cuando Nico estaba a punto de irse a por las materias primas, unos golpecitos en el hombro lo detienen.
-¿Tan mal te caigo que te olvidas de mi?-Paula pone una cara de cordero degollado y luego le sonríe.
-Oh...perdona Paula. Uhmm. ¿Te atreves con los pescados?
-¿Te atreves tu a probar mi zeviche de lima y cayena?- dijo, de forma socarrona.


Solo pudo menear la cabeza y hacerle un gesto de "anda, tira, que no me tienes que convencer".
Veinte minutos después la cocina parecía una escena de película, donde los camareros iban y venían como si se hubiesen chutado speed; los cocineros peleaban a muerte con algún bogavante que no quería morir hoy, y el "jefe" de cocina terminaba de convencer a Andrés de que probase el menú, y de pasar la nota a sala.




Miró un momento a la otra punta de la cocina y vió a la chica nueva, con su chaquetilla arremangada, y sus tatuajes bailar junto con sus brazos, como si tuviesen vida, mientras el cuchillo flotaba y volaba entre el salmón, la chalota y las limas.


Verla era como una imagen a cámara lenta. Sudaba, se esforzaba y sonreía cuando terminaba algo bien. Un cruce de miradas entre ellos lo devolvió a la realidad.


Nico gritó -¿Verduras y hongos?
-Listos.
-¿Pescados?
-Hace rato que se aburren.
-¿Fumet y salsas?
-O te los llevas o me las tomo todas.
-Ya sabemos por que eres tan grande.- todos se rieron un poco.-¿Carnes?¡Carnes!


Nico se había olvidado que tenía unos filetes en el horno.


-Paula. Horno. Queman.-No hizo falta muchas palabras, ni muchas más caras que la que puso de descomposición Nico. La chica se abalanzó casi de un salto y sacó la carne, que empezaba a tener un color más bien "oscuro".
-Joder, y ahora que hago yo con eso.
-Chef, déjame a mi a ver si puedo apañarla de alguna forma.
-Si consigues salvarla, te invito a lo más caro que te puedas beber en el pub de aquí al lado.


Una chispa que salió de los ojos de Paula casi quema a Nico. El cuchillo segundos después estaba ya cortando los solomillos. Empezaba el servicio.


-Una de caldereta, una de zeviche, dos de setas a la trufa y una de merluza.
-!Marchan!
-Solomillo, lenguado y parrillada mediterránea.
-¡Salen!
-Tres de zeviche, que dicen que tiene muy buena pinta, y dos de solomillo.
-¡Oído!¿Sale solomillo?


Estaba saltando en la sartén, con fuego incluido, mientras ella sujetaba una botella de whiskey.
-¡Sale!


Y así siguió una hora y media sin parar.


Las últimas luces se apagaban cuando Júlia pasaba hacia los vestuarios. Golpeó la puerta.
-Nico, me voy al pub a tomar algo ¿te apuntas?
-Claro, salgo ya.
Otra voz preguntó también.
-¿Te acuerdas de que me debes el copazo más caro?


Pasaron unos segundos hasta que respondió.
-Si, salgo ya.
La camarera arrugó la nariz, y la cocinera se encogió de hombros. Algo que el chef no vió.
-Es igual, hoy no voy, que me he acordado que tengo que regar el cactus.


Un par de pasos rápidos y se abrió la puerta. Las caderas y la melena roja salían ya a la calle.

-Ella se lo pierde ¿Vamos?

miércoles, 27 de febrero de 2013

Parte I – capítulo tercero


El pesaroso sábado empezaba en frente del espejo medio cubierto por el vaho húmedo de la ducha caliente.

Unos ojos inexpresivos, amargados, profundamente melancólicos, exploraban centímetro a centímetro, la cara que quedaba reflejada en la cristalina superficie. Por el pecho aún resbalaban gotas de agua que caían de los mechones de pelo mojado por encima de los hombros.

Agradable era el amanecer que se tenía en brazos de otra persona, pero en este caso hacía ya horas que el sol estaba encendido y nadie le había dedicado unos buenos días, ni lo harían.

Otra vez lo mismo.

Terminar de vestirse. Echarse algo de colonia. Prepararse un almuerzo consistente a base de restos del día anterior, fumar y salir a la calle camino de sus 8 horas entre fogones.

Primero un pié, luego otro. Las suelas de sus gastadas bambas pisaban la acera y el sol ya brillaba consistentemente. Nico se puso las gafas oscuras.

Sacó las llaves, se colocó el casco y lo abrochó; en un giro de muñeca empezó a sonar ya la gasolina en combustión. Un golpe de cadera y la gastada moto comenzó a andar.

Es parte del tráfico. Adelantaba, frenaba, esquivaba coches y camiones de reparto. Siguio las luces parpadeantes de los semáforos y controlaba sus lados. En un cruce 3 calles antes de llegar, una ranchera se saltó un ceda y casi lo tira al suelo al tener que frenar.

En un día cualquiera hubiese puesto a parir al cerdo cabrón, pero hoy simplemente se resignó a levantar un dedo “cortésmente” y seguir.

Hoy llegaba más pronto de lo habitual, pero ya había gente pululando dentro y fuera del local, cosa bastante rara, porque faltaba aún para la apertura. No le dio importancia.

Se fumó dos pitillos empalmándolos y llamó a uno amigo suyo, “jardinero “ de interiores.
-A la tarde me pasaré y tomamos algo, Sergi.-
-Eso está hecho.-
Click. Fin de la conversación.

Una vez dentro, se cambió como tantas otras veces y se puso a faenar hábilmente entre cuchillos, sartenes, fogones y algún atún cantábrico fresco que había que preparar.

La gente fue llegando y los platos se pedían, se hacían y salían perfectos.

Nico se esforzaba por estar todo lo lejos del Chef que podía, cosa difícil siendo segundo; las cosas estaban así.

Ensimismado como estaba, el tiempo se le pasó rápidamente.

Una vez todo limpio y recogido, era hora de descansar hasta el turno de cenas.

La tónica era salir a hablar y que Andrés les felicitase o les echase un poco la bronca (cosa muy difícil de que ocurriese).

-Chicos, hoy os tengo que dar una noticia que quizá no os guste. Miquel tendrá que ausentarse unas semanas por motivos personales- un par de comentarios rápidos entre los presentes – y por lo tanto, Nico, chaval, tú te quedas de Chef hasta que el vuelva, y como segundo va a entrar con nosotros mi pequeña, recién vuelta de París y sus escuelas de cocina.-

Una chica, de unos diecinueve o veinte años, castaña oscura, ojos almendrados y boca prieta y risueña, entró, medio avergonzada, con una chaquetilla de cocina arremangada, y uno tatuajes increíblemente bonitos en los brazos. En uno era una rosa de borneo y un diseño elaborado, y en otro, unas carpas koi.

-Buenas tardes a todos, me llamo Paula y bueno, voy a estar por aquí una temporada. Espero que trabajemos juntos a gusto.-

Su risa era como un poema. Nico estaba medio embobado.

Todos, menos el se acercaron a saludarla y darle la bienvenida, y de paso presentarse. El lavaplatos y el camarero argentino casi se pelearon por llegar a pedirle el móvil.

A la salida, se encendió un cigarro y se apoyó sobre un coche, cuando por la puerta salió la hija de Andrés y le pidió un cigarro.
-¿No se enfadará tu padre si te doy de fumar?-
-Tranquilo- Le guiña un ojo y le regala otra de esas sonrisas- Será nuestro secreto.

Sacó el paquetillo y le ofreció uno.

-A todo esto, todavía no sé cómo te llamas.-
-Nicolás, Nico para los que me conocen.
Ella se acercó y le plantó un beso casi en la comisura del labio.
-Un placer, Nico. Por cierto, bonitos ojos.- Le regaló otro guiño.
-Emm… Hago tarde. Un placer Paula.-
-Hasta la noche, Chef.-
-Hasta la noche…-

Se subió a la moto y se fue, con una sensación rara en el estómago.

jueves, 19 de enero de 2012

Parte I – capítulo segundo


El tintineo del hielo contra el cristal era uno de los sonidos preferidos de Nico. Júlia, al otro lado, lo miraba con sus ojos tan profundos, y una sonrisa muy amplia.

Su ropa de trabajo olía a cocina, pero no era algo que le molestase. En su vaso quedaba menos de la mitad de bebida.
-Siempre eres el último en irte y el primero en venir. ¿Como aguantas el ritmo?
-Por que sé que cuando termine una camarera muy guapa me pone mi ginebra con limón.
Nico le guiñó un ojo, y ella le devolvió el guiño.

Apuró el vaso  y se lo devolvió. Se rasco la barba (manía que tenía) y se fue a cambiarse. A la salida, ya estaba duchado y con el olor a colonia barata pero agradable que tenía guardada en su taquilla. Se fue a encender el cigarro, pero Júlia fue más rápida. El humo salió por la nariz, mientras  las miradas de los dos se cruzaban.
-Gracias.
-No hay de que-.
Ella siempre acompañaba sus palabras con un acento muy sexy, cosa que le permitía pagarse ropa nueva gracias a las propinas.
-¿Haces algo ahora?
-¿No te sobró ayer con tenerme hasta las 5 dando vueltas?
-Hoy solo te voy a sacar un rato, querido-. Le alargó la mano y se fueron juntos a un bar a un par de calles de allí, sitio conocido por muchos del restaurante.

Al entrar en el pub, serían sobre la una y media de la madrugada. Sonaba de fondo una canción de rock español. Rato después, Júlia y Nico estaban sentados hablando sobre sus vidas en una mesa.
-Y bueno, Nico ¿que es de tu hermana Sandra?
-Se que ahora está en alemania, trabajando en un hotel, pero hace mucho que no hablamos.
-Oh, vaya...
Siguieron hablando hasta que los hielos eran solo agua.
-Hora de irse, querido.
Júlia se levantó y se acercó a Nico. Le dio un beso en la mejilla y le susurró un “hasta mañana” muy cerca del oído. Luego, salió contoneándose a propósito.

El pobre cocinero, esa noche volvió a pasarse bebiendo.

Bip bip, bip bip. Bip bip, bip...

Marcaban las 11:30 en el reloj de la mesita de noche. Viernes a medio día, Nico se despereza hasta que se da cuenta de que a su lado hay otra persona.

Ella medio abre los ojos y le da un beso en el cuello. El intenta acordarse del nombre de la rubia que tenía a su lado.
-Good morning, sweety.
AH! ya se acordaba.
-Good mornig Alexa-. Y la sonrísa que siempre tenía Nico cuando se despertaba con una mujer.

12:56 marcaba cuando los dos se levantaron, sudados y acalorados de la cama. El hizo un almuerzo rápido, mientras ella se duchaba. Comieron algo y Alexa se marchó.

Maldita Júlia...

Un sms sonó a la una, cuando Nico estaba apunto de irse. Andrés Ballester: Hoy no hace falta que vengas. Hablamos mañana.

Extrañado, se guardó el movil, y aprovechó el día para arreglar la casa, hacer limpieza e ir a comprar.

A las cinco de la tarde bajó a hacer la compra al Mercat Central. En la época, tenían practicamente de todo, y Nico quería hacer algunas pruebas. Total, se dejó más de 150 euros en unas compras para un par de semanas solo para el.

Cuando dejó todo en su casa, se fue a mirarse algo de ropa y zapatillas, que no había tenido tiempo ni ganas de hacerlo en todo un año. A las nueve y pocos minutos, salía con dos bolsas grandes y una chaqueta de cuero puesta, de una tienda en El Carmen.

De camino cenó un par de pintxos y unos cuantos quintos, un café y una chocolatina que lo acompañaba.

Tumbado en el sofá de su casa, empezó a recordar, con la música de fondo de un grupo de Palencia que hacía unos años que no tocaban.

Empezó a imaginarse de pequeño, cuando iba, con cinco o seis años, en el coche de sus padres a casa de sus abuelos. Se acordaba muy bien de todo.

Su padre, con el pelo negro, una camisa azul y su anillo de casado, y su madre, una mujer guapísima, con su pelo castaño recogido en una coleta hacia un lado, sus ojos grises tan poco normales y su siempre imperturbable sonrísa. Ese día su hermana se había quedado en casa de una amiga, ya que estaba en primero de la ESO, y tenía que estudiar.

Olía a gasolina cuando el pequeño Nico se despertó. Siempre le había gustado ese olor. Pero se dió cuenta de que estaba boca abajo, y el coche estaba como roto por los cristales...

De un grito, Nico se sobresaltó y calló del sofá. Se toco la cara y la tenía empapada de lágrimas. Le temblaban las manos y casi no pudo encenderse el cigarro. Tenía el pulso aceleradísimo.

Ya no pudo dormir en toda la noche.

martes, 10 de enero de 2012

Parte I - capítulo primero


                                                     Bip bip, bip bip, bip bip...bip.

Suena el despertador por cuarta vez. Ese maldito despertador. Una mano se estira desde las sábanas y lo apaga. Nicolás Herrera Díaz se despereza sin muchas ganas y se agita la melena descuidada que lleva. Mira la hora.

2:37 de la tarde de un jueves cualquiera, un olor a tabaco y cerveza barata sale de la boca de Nico cuando bosteza y se sienta sobre el borde de la cama. Se rasca la barba y se mira los pies.

A mediados de abril, en Valencia, hace temperatura de poder ir en calzoncillos, cosa que el aún dormido trasnochador aprovecha. Se pone en pié y se acerca a un cenicero que tenía un par de cigarros malamente apagados, y un porro a medio terminar. Se lo lleva a la boca y lo enciende. Tiene ese característico sabor asqueroso que se queda en el tabaco aliñado una vez reencendido.

Le duele la cabeza horrores. Anoche, después de terminar el curro, sus compañeros, en concreto Júlia, lo liaron para salir a tomar unas cañas por el centro. La noche terminó entre humo y risas, y una buena cantidad de bebida.

Unas cuantas caladas después, deja caer el peta sobre el cenicero.

Ya en la cocina, se hace una tortilla francesa rápida, acompañada de pan un poco duro, y el culo de una botella de vino sin etiqueta. Enciende la radio sin escucharla, mientras mastica sin hambre la comida.
Apura en un par de tragos el vino, termina de tragar y se va a la ducha. Allí, se medio afeita con la maquinilla eléctrica, mirándose al espejo.

Reflejados en el espejo, sus ojos grises, herencia de su madre, miran sus tremendas ojeras, debido a que siempre había algo que celebrar. Se frota con las palmas la barba. Su mentón, fino pero cuadrado, le hacían tener una cara, que sin llegar a ser guapo, pudiese atraer alguna mirada de mujer. En el labio de arriba tenía una cicatriz en la izquierda, de cuando se lo partieron siendo niño.

Se aleja un poco del espejo, y mira su cuerpo. Es delgado, bien torneado, con un tono de piel suave y poco bronceado. Los músculos se le marcan lo suficiente para saber que tiene muy poca grasa. Siendo de una altura normal; sobre 179 centímetros, está bien proporcionado. De eso no se podía quejar.

Tira sus calzones usados al pasillo y se mete en la ducha. Rato después, ya anda por su casa en vaqueros y zapatillas.

Recoge las cuatro paredes que son su hogar, lo echa en una bolsa de plástico y la anuda. Se termina de vestir con una camisa negra de manga corta, busca y guarda en sus pantalones llaves, móvil y cartera, y en la mariconera, el tabaco y las gafas de sol.

Cierra la puerta con doble vuelta de llave, basura en mano camino del trabajo.

Al salir del portal, se pone las gafas, se enciende un pitillo y tira la basura en un contenedor cercano. Revisa sus llamadas, coge su "scutre" (apodo que le había dado a su moto) que arranca tosiendo humo.

Siendo las cuatro menos pocos minutos, Nico llega al restaurante "L' Olleta" donde es el segundo de cocina. Aparca, o más bien, estampa la moto y se quita las gafas. Entra por una puerta lateral, en la otra esquina del local, por la puerta de empleados. Un estrecho pasillo da a varias puertas. En una están las taquillas y la desgastada ropa del pobre segundón de Nico.

La abre, se cambia, deja sus cosas, se arremanga la chaquetilla de cocina y se pone el delantal por la cintura. Sale del vestuario y antes de entrar entre los fogones, se mira el tatuaje que hace 5 años, recién cumplidos los 18, se hizo. El ojo con auriculares lo observaba intensamente. Le habían hecho un buen trabajo.

Siempre llegaba el primero, pero hoy estaba Andrés, el dueño, vestido de forma elegantemente estrafalaria, y el jefe de cocina, Miquel, maldito bastardo catalán, dictador engreído.

Un buenas tardes ronco salió de la áspera boca del recién llegado. La respuesta fueron un hola por parte del jefe, y una mirada por parte del chef.

Nico ignoró, como siempre hacía, el poco respeto que le tenía Miquel. Se encogió de hombros, y miró el menú del día.

"L'Olleta" era un restaurante céntrico en Valencia. Situado en la calle de Conde de Salvatierra, con un espacio para unas cuarenta o cincuenta personas (dependía de las ganas que tenía el dueño de sacar beneficios) estaba bastante bien montado. Hacían cocina de vanguardia adaptada a la gente corriente. Dieciséis mesas, entre cuadradas y rectangulares, ocupaban buena parte del local. Luego estaba la barra, atendida por Júlia, una chica de 27 años, pelirroja, de ojos verdes, caderita de bailarina y tetas de modelo, labios carnosos, alegre, divertida y siempre coqueteando con todos. Ya había roto más corazones que vasos.

El restaurante solo abría por la noche, excepto viernes, sábados y domingos.

Nico se cortó, como una de tantas veces, con el cuchillo, al distraerse pensando en la noche anterior, de la cual no se acordaba mucho.
-¡Ya te has vuelto a cortar! Andrés, este chaval o deja los porros o lo quiero fuera de mi cocina.
La intensa mirada de odio que cruzaron el Chef y el segundo fue como cuando dos personas están a punto de matarse.
-Ostia Miquel, no le dejas pasar nada. Nico ¿has fumado hoy?
-Me pagas por hacer la comida, no por contarte que hago ¿no?
Andrés se acercó y le dió una colleja y un trozo de papel. El chaval dejó el cuchillo, cogió el papel y se tapó el corte.
-Ahora volveré.

En la puerta, Nico se encendió un cigarro para calmarse un poco. Sabía que Andrés era como un tío para el, pero tenía sus días.
Fortuna, ese tabaco siempre le recordaba su futuro. Se iría quemando poco a poco hasta ser solo ceniza. Puff, menudas cosas se piensa estando a disgusto con el mundo.

Lanzó el filtro y volvió a terminar las verduras que había dejado.

Una hora más tarde, ya tenía todo preparado para empezar el servicio. A esa hora vinieron el otro cocinero, el pinche y el lavaplatos.

Miquel entró copazo en mano, con los mofletes rojos, preparado para dar su charla de déspota. Un cuarto de hora después, dientes rechinando y miradas poco afectivas, el equipo de cocina se puso de nuevo a trabajar.
-Este cincuentón amargado se preocupa de joderos la existencia ¿no?- preguntaba el lavaplatos que llevaba menos de una semana y que Nico no había tenido la oportunidad de conocer.
-También amargaría la comida, si fuese para nosotros.- Fede, el pinche, un hombre de cuarenta y pocos, curtido entre cacerolas, leonés de nacimiento y cocinero errante de profesión, resopló y siguió preparando el caldo de ternera.
-Callaos nenazas, y ponersus a lo vuestro, que hay cosas que hacer.- José, el cocinero, terminó de decapitar un pescado, mientras se rascaba la barba con el hombro. Se giró y señaló a los presentes con la punta del cuchillo. -Miquel siempre es así, no se por que no os acostumbráis y pasáis de el.
-Nico, ¿que tenemos hoy de menú?
-Lo de siempre, ensalada, crema o salteado, revuelto o fritura, y carne o pescado ¿para que me lo preguntas otra vez? Fede, si lo sabes de sobra.
-Es para quitarte esa cara de canutillero que te has traído hoy de casa.
-Menudo cabrón, que jodido estás ¿anoche dormiste en el sofá por llegar tarde?
-Como me conoces, chaval. Jajaja.
-Ale, todos a trabajar.
Nico palmeó y cada uno siguió a lo suyo, pero ya sin tensión.


Llegó la hora de la cena. Sobre las 9 de la noche, entraron varias parejas, un grupo de comerciales y una mesa de clientes fieles.
Nico salió a saludarlos, como siémpre hacía. Al cruzar las puertas abatibles, vió la tan cuidadósamente elegida decoración. En los ventanales, unas cortinas semitransparentes de color rojo, separaban a los clientes del exterior. Los manteles eran de color rojo, y debajo, llevaban otro mantel hasta el suelo de color negro. Las sillas eran negras, parecidas a butacas, muy cómodas.
-Buenas noches señores, es un placer tenerles por aquí otra vez.
Se alegraron y lo saludaron. Luego se fué camino de la cocina otra vez.

Las puertas volvieron a dejarlo salir cuando el comedor estaba a oscuras y solo quedaba una camarera, Júlia, en la barra.